sábado, 25 de mayo de 2013
MÁLAGA GRÁFICA (y II)
Una crónica de lo que dio de sí la jornada Málaga Gráfica del pasado lunes en el Centro Andaluz de las Letras, por Mode Aranda para Shift Magazine
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miércoles, 15 de mayo de 2013
MÁLAGA GRÁFICA
Más información en la web del Centro Andaluz de las Letras
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Arriba: página de La infancia de Alan (2012), de Emmanuel Guibert, traducida en la edición española de Sin Sentido (2013) por Las cuatro de Syldavia. El volumen colectivo Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea contiene una entrevista con Emmanuel Guibert realizada por Alberto García Marcos
miércoles, 1 de mayo de 2013
MORTADELO «TERRORISTA»
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VIÑETAS
LA REVOLUCIÓN, TWITTER Y LOS ESCRACHES
«El punk fue una reacción al hippismo: no me gusta ver a gente haciéndose la pacífica. Pacifista, pacifista, no creo que sea nadie. (Iñaki, colega de Evaristo, interviene en la conversación): Mira, mi padre trabajaba en la comarca de Llodio en 1983. Allí los obreros cerraron una fábrica y bloquearon el acceso. Tuvo que venir la Guardia Civil con tanquetas para reabrirla. En Madrid salís 50.000 a la calle y no pasa nada. ¿Eso es revolución? Si todo lo hacéis por Twitter. Quemar bancos es algo que tiene que salir del corazón. Yo he visto sacar los ordenadores del Banco Bilbao Vizcaya, romper todo, como en la toma de la Bastilla. El 15-M está de puta madre, pero hay que quemar Génova o lo que sea. El 15-M margina a la gente capaz de organizar la respuesta, como los RSA (asociación antifascista) o los Bukaneros (grupo de militantes seguidores del Rayo Vallecano). Esos sí que dan miedo a los que mandan. (Evaristo): El poder se ríe y se mea en el 15-m. Al negar la posibilidad de lucha violenta, estás negando que exista violencia por parte del sistema. [...] Hay gente que ha hecho cosas válidas, pero son los mismos que trabajaban en los barrios antes del 15-M. No puedo olvidarme de ese "indignado" que salió en la tele diciendo a un policía "únete a nosotros". Conmigo que no cuenten para eso. Un sistema que se basa en la violencia no puede acabar con flores. Los hippies fueron derivando en yuppies y hoy controlan Wall Street. Mira, pegarse me parece una mierda: yo he tenido cinco peleas en mi vida y todas las he perdido. Eso no quita que el sistema sea una máquina de matar. Los que mandan solo respetan la democracia cuando ganan. Somos enemigos de Gadafi hasta que reparte petróleo y dejamos de serlo. Todo el poder del mundo lo tienen cuarenta familias de mafiosos. Como los Soprano, pero a lo grande. ¿Van a entregar su poder a besos? Me parece que no».
Declaraciones del músico Evaristo Páramos, entrevistado por Víctor Lenore en el nuevo número de Rockdelux (mayo).
«E ir a casa de alguien, señalarlo, decirle 'sé donde vives', y ejercer violencia física o verbal sobre él o ella, su familia y las personas que viven en su casa, es un acto de totalitarismo. Y es un acto de nazismo o fascismo, como usted lo quiera llamar, y por tanto me reafirmo. [...] Habrá que mirar a los responsables de provocar la violencia que se está provocando. [...] La violencia se volverá contra los que la están generando».
Declaraciones de María Dolores de Cospedal, hace quince días.
sábado, 27 de abril de 2013
NO NECESITAS AL HOMBRE DEL TIEMPO PARA SABER EN QUÉ DIRECCIÓN SOPLA EL VIENTO.
La respuesta a esa pregunta no importa ahora, y en todo caso estamos muy lejos de responderla, suponiendo que lo hagamos algún día. El caso es que a veces suceden esas sincronías. En estos meses he estado leyendo sobre varios sucesos que tuvieron lugar en la sociedad estadounidense durante los sesenta y primeros setenta, documentándome para dos textos sobre cómic. El primero ya está publicado y podéis leerlo en el libro de ensayos Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea; el segundo texto lo envié hace unas semanas y hablaré de él más adelante, tal vez cuando se haya publicado. En ambos casos me encontré revisando el periodo más turbulento de la historia reciente de Estados Unidos, una época de contracultura, contestación y lucha social.
Dibujo de Gil Kane (1971)
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| Dibujo de Gil Kane (1971) |
En mi texto para Supercómic también mencioné otros sucesos que resonaron en las viñetas de superhéroes del periodo. Cuando al guionista Steve Englehart le encargaron en 1972 escribir la serie del Capitán América no le estaban haciendo un favor precisamente: la colección del superhéroe patriótico vendía tan poco que estaba a punto de cancelarse. Sean Howe recoge declaraciones de Englehart en su libro Marvel. The Untold Story (que se acaba de traducir en España) muy reveladoras sobre el sentir de su audiencia. En pleno apogeo del movimiento contra la Guerra de Vietnam, gran parte de los lectores naturales de la Marvel de entonces, jóvenes concienciados, muchos de ellos universitarios y activistas, se avergonzaban de un personaje que lucía en el pecho la bandera americana. El Capitán América era otro de los pigs, un héroe que representaba algunas de las cosas que más odiaban esos jóvenes: un gobierno presidido por Nixon; un gobierno imperialista que bombardeaba con napalm un país asiático lejano, pequeño y pobre. Englehart, objetor de conciencia declarado, le dio rápidamente un vuelco al asunto reescribiendo el pasado del Capitán América para borrar sus elementos ideológicos más inconvenientes para la sensibilidad del momento. De paso, convirtió a la colección en una de las más vendidas de Marvel. En 1974, dos años después de que estallara el escándalo Watergate, Englehart volvía a ganarse las simpatías de su propia multitud de curiosos dando a entender en una viñeta que el misterioso líder de una conspiración para controlar los hilos del país era el mismísimo presidente. No te digo nada y te lo digo todo. Un «misterioso» líder que además se pegaba un tiro para no ser capturado por el Capitán América. Apenas tres meses después de publicarse el episodio, en el mundo real tenía lugar la primera (y única) dimisión de un presidente en la historia de Estados Unidos.
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El misterioso Número Uno en Captain America 175 (1974),
Steve Englehart y Sal Buscema (tintas de Vince Colleta)
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PAINT IT BLACK. Para el otro artículo al que me he referido antes he tenido que documentarme, por razones que ahora no vienen al caso, sobre el tratamiento de los héroes negros en el comic book norteamericano. El superhéroe barcelonés Absence, también conocido como Daniel Ausente, tiene un libro estupendo sobre héroes y heroínas negras en la ficción popular, Black Super Power, que he tenido el placer de leer con motivo de ese artículo junto a otros textos como los de Adilifu Nama, especialista en el tema. Precisamente hace unos días Santiago García dedicó una breve entrada a un objeto no identificado que aterrizó en los cómics Marvel en julio de 1966 (fecha de portada), anunciado en los tebeos del mes anterior como un nuevo y misterioso «villano».
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| «Su símbolo es la "Pantera Negra", que representa el coraje, la determinación y la libertad». Panfleto del LCFO (1966) |

Si tenemos en cuenta que el primer superhéroe, Superman, había aparecido en 1938, escribe Daniel Ausente en Black Super Power, tres décadas de «super supremacía caucasiana son, desde luego, una buena muestra de segregacionismo pulp» (38). Hasta 1966 los personajes negros del comic book solían quedar relegados a meras comparsas de héroes blancos; basta tener en mente que All-Negro Comics (junio 1947), un tebeo escrito y dibujado íntegramente por autores afroamericanos y protagonizado por héroes negros, no pasó del primer número, y no vamos a recordar ahora por enésima vez el papel habitual de Ebony en el Spirit de Will Eisner. Por contraste, The Black Panther era el poderoso monarca de una nación africana ficticia, Wakanda, un reino utópico de tecnología futurista emancipado de las estructuras de explotación capitalista blanca que funcionaba como «una representación idealizada de los revolucionarios negros del movimiento anticolonialista» enraizado en los cincuenta, según la lectura que hace Adilifu Nama (137) de T'Challa y su peculiar Shangri-La africana high tech. Howe apunta por su lado (Marvel. The Untold Story, 86) el interés de Kirby por combinar tecnologías futuristas con antiguas civilizaciones en sus tebeos, que entroncaba con las especulaciones de Jacques Bergier en los sesenta sobre supuestas visitas alienígenas a nuestro planeta en tiempos remotos, ideas que ganarían visibilidad con el 2001 de Kubrick y C. Clark y los recuerdos del futuro de von Däniken.
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| Dos negros le cubren las espaldas al blanco. Captain America (and the Falcon) nº 171 (1974), portada de John Romita con tintas de Tony Mortellaro |
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| Luke Cage, Hero for Hire nº 1 (junio 1972), Archie Goodwin y George Tuska (tintas del afroamericano Billy Graham) |
Misty Knight y su beso interracial en Marvel Team-Up nº 64 (1977),
Chris Claremont y John Byrne (tintas y colores de Dave Hunt)
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THE WEATHERMEN. En 1960 cerca del 50% de la población estadounidense tenía menos de 18 años. El dato demográfico explica parcialmente la rebelión que protagonizaron los jóvenes durante esa década contra los valores culturales de sus mayores. La generación juvenil de los 60 rechazaba los planteamientos tradicionales sobre cuestiones de sexo, raza, drogas y política internacional de su país; no hace falta insistir en la amplitud del movimiento contra la Guerra de Vietnam, de la que cada vez llegaban más noticias sobre la magnitud de la masacre. No era simple casualidad que en una encuesta de Esquire de 1965 donde los jóvenes eligieron a sus héroes favoritos aparecieran Hulk y Spiderman, situados junto a Bob Dylan y Che Chevara como influyentes iconos revolucionarios de su tiempo. La juventud del periodo se identificaban con los superhéroes Marvel porque eran neuróticos y freaks –como freaks llamaba la buena sociedad a los jóvenes rebeldes de entonces, y éstos a sí mismos con orgullo– que eran tratados como villanos por la sociedad; marginados que sufrían problemas monetarios y existenciales, y que a menudo eran perseguidos por la odiada autoridad.
En ese contexto social florecieron un buen número de organizaciones de izquierda en los campus universitarios de todo el país, integrados en su mayor parte por jóvenes blancos de clase media que rechazaban el Estado desde posiciones marxistas o anarquistas, apoyaban los derechos civiles de las minorías raciales del país y protestaban contra su discriminación. La mayoría de esos movimientos de la llamada «Nueva izquierda» eran no violentos. Otros, como The Weathermen, decidieron pasar a la acción, como hacen los supervillanos de tebeo que quieren arreglar el mundo: empezaron a poner bombas en edificios de instituciones que representaban el establishment político y económico como «símbolos de la injusticia americana», en palabras de su «declaración de estado de guerra» leída en 1970 en una llamada a la radio. No fue poca broma; llegaron a hacer estallar bombas en el Pentágono, en el Capitolio y en dos edificios del Departamento de Prisiones, entre otras, estas últimas como represalia por la muerte del preso negro George Jackson y la posterior matanza de Attica. También ayudaron a escapar de prisión al psicodélico Timothy Leary, «el hombre más peligroso de América» según Nixon, encarcelado por llevar dos colillas de marihuana. La auténtica «trilogía de las drogas» prosiguió cuando los Weathermen sacaron a Leary del país rumbo a Argelia.
The Weathermen eran jóvenes revolucionarios blancos, estudiantes universitarios que básicamente se hartaron de comprobar que las protestas pacíficas no estaban cambiando la política de su país, en particular respecto a la invasión de Vietnam. En el ambiente del periodo creyeron realmente que la revolución era inminente. A nivel global, mundial. Tomaron su decisión de recurrir a la violencia, afirmaron, después de asistir a la muerte de sucesivos activistas por las balas de la autoridad, particularmente tras el asesinato a manos de la policía del afroamericano Fred Hampton –por entonces uno de los líderes más prominentes del Black Panther Party– y su compañero de partido Mark Clark en diciembre de 1969, mientras dormían en su casa. Hampton, sedado por los barbitúricos que había echado en su bebida un infiltrado del FBI, murió acribillado en el colchón en el que dormía.
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| Foto de Paul Sequeira |
The Weathermen surgieron en 1969 como una facción radical del movimiento no violento Students for a Democratic Society. Tomaron su nombre de la letra de Subterranean Homesick Blues, de Bob Dylan, «You don’t need a weatherman to know which way the wind blows». Rebautizados The Weather Underground cuando pasaron a vivir en la clandestinidad, el grupo siguió activo durante los setenta, como otros grupos violentos de la extrema izquierda en Europa. A diferencia de estos últimos, las únicas víctimas mortales de los atentados de Weather Underground fueron tres de sus propios miembros, muertos accidentalmente mientras preparaban una bomba. Después de eso decidieron planear los atentados para no causar víctimas. Acosados por el programa de contraespionaje del FBI y agotados de vivir ocultos, el grupo comenzó a dispersarse, retirarse o entregarse a la policía. Como sucedió con otros movimientos de la contracultura previa, el fin de la Guerra de Vietnam marcó el inicio de su declive, definitivo para mediados de los setenta. Ya no había un enemigo común contra el que luchar.
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Lo que sigue es un documental sobre The Weather Underground que me he «topado por casualidad», poco después de cerrar mi documentación para los artículos que comentaba arriba sobre el malestar social y los movimientos de liberación de los sesenta en Estados Unidos. La «conexión inesperada» a la que aludía al comienzo de este post ha sido en esta ocasión Andrew, mi profesor de inglés, un treintañero estadounidense que por cierto es buen amante de los comic books, además de la literatura, de la historia de su país y del nuestro. Él es quien nos ha pasado el enlace a este documental dirigido en 2002 por Sam Green y Bill Siegel para que lo veamos y comentemos en clase, junto a algunos apuntes históricos sobre Weather Underground que he manejado igualmente para este post. De repente, sin comerlo ni beberlo, he descubierto fascinado ante la pantalla una gran cantidad de material visual del periodo que no había visto antes; de repente, los sucesos históricos que había leído previamente para mis textos cobraban otra forma en mi cabeza, mucho más concreta, porque el documental refleja como pocas veces recuerdo haber visto el ambiente turbulento de los sesenta y primeros setenta en Estados Unidos. Una época donde no necesitabas al hombre del tiempo para saber en qué dirección soplaba el viento.
The Weather Underground pone sobre la mesa otras cuestiones, éticas y legales, sobre la violencia del poder establecido y la violencia revolucionaria para instaurar un nuevo orden –esta última es la que Benjamin asimiló a su categoría de «violencia mítica»–, e incluso sobre los ciclos vitales de las personas involucradas en semejantes proyectos. No parece casualidad que desde los ochenta para acá se haya erradicado paulatinamente el concepto de violencia en el seno de nuestra cultura –me refiero obviamente a la sociedad civil– hasta el punto de que hoy nos resulta difícil, si no imposible, recordar que los modernos Estados occidentales, las flamantes democracias parlamentarias, no se instauraron precisamente de manera pacífica. Por el contrario, fueron fundados mediante la violencia. Estados Unidos es una república que nació de una revolución armada, igual que la Francia moderna en el contexto de sus propias circunstancias, y hablamos de dos de los principales modelos históricos de los Estados occidentales contemporáneos. Nuestros cimientos políticos reposan literalmente sobre miles de muertos. Las víctimas de una violencia en su día revolucionaria que, una vez que se hizo con el poder, se convirtió en una violencia estatal preservadora de la ley, una ley que había conseguido instaurar por la fuerza; en otras palabras, pasó a ser una violencia conservadora del orden establecido. Por las mismas razones, el documental The Weather Underground plantea implícitamente otro tipo de preguntas, siquiera por comparación con nuestra propia época, nuestro propio malestar y nuestros propios movimientos de protesta contra un sistema que, como aquellos chavales de los sesenta, creemos a punto de derrumbarse.
Sí, hubo un día en el que jóvenes de clase media que estudiaban en la universidad creyeron que podían cambiar el mundo por la fuerza. Debajo de los adoquines, la playa. Parece mentira, ¿verdad? Casi una película de ficción.
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miércoles, 17 de abril de 2013
QUIERO HACER LO MISMO
Powerpaola, entrevistada por Alberto García en Entrecomics«Yo me gradué como artista plástica, y cuando empecé a hacer mi trabajo como artista, tenía que ver con la autobiografía. Era pintora y hacía un retrato diario de mis amigos, todos los días venía alguien a mi casa. También tenía un calendario mensual donde escribía y dibujaba todo lo que pasaba en el mes. Gané una residencia artística en Francia, y al llegar, una vecina mía me dijo que mi trabajo tenía mucho que ver con la historieta, porque siempre había narración, una combinación de texto y dibujo. Yo dibujaba y tenía unas libretas que eran como muy mías, nunca me las había tomado como obra artística sino como algo mío. Esta vecina me dijo que tenían que ver mucho con la historieta, pero historieta para mí era otra cosa, eran superhéroes. O sea, leía a Quino, me encantaba Fontanarrosa, de niña había leído algo, pero no sabía mucho de cómic. Y esta vecina me empezó a prestar sus novelas, que eran Jimmy Corrigan, cosas de Julie Doucet… Y yo dije, “¡No puede ser! ¿Por qué me he perdido esto?”. Y me empecé a dar cuenta de que había toda una posibilidad de narración que tenía que ver con dibujo y dije, “Yo quiero hacer exactamente lo mismo”. Siempre quise contar la historia de mi familia de alguna forma y no sabía cómo hacerlo en pintura, y la historieta me daba la posibilidad de contar y narrar la historia».
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lunes, 15 de abril de 2013
GRAF, GRAFFF
En los foros de Artbox, Koki ha recopilado videos de los stands y las mesas redondas celebradas en el primer Graf, encuentro de cómic de autor y edición independiente. Maravilloso, sobre todo para los que no pudimos ir a Barcelona y asistir en persona a un encuentro que, estoy bastante seguro, irá a más en próximas ediciones.
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| El Graf, este sábado a la hora de comer |
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domingo, 14 de abril de 2013
NI COGERÉ LAS FLORES, NI TEMERÉ LAS FIERAS
El nuevo disco de Kiko Veneno, un grande de la música pop española, contiene un puñado de buenas canciones que se suman a un repertorio ya muy grande, desde los tiempos del mítico Veneno (1977). Sensación térmica (2013) lleva días acompañándome en casa, mientras trabajo en la mesa de dibujo o frente al ordenador. Estoy especialmente fascinado por la adaptación que ha hecho Kiko del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz en esta malagueña. Ha escogido algunos versos de las primeras estrofas y los ha adaptado ligeramente, lo suficiente para dejar fuera las referencias más expresas –que ya eran ambiguas en el original– al amor de Dios. Enorme. La producción de la canción (el disco lo ha grabado junto a Raül Fernandez) también es sensacional.
Malagueña de San Juan de la Cruz
¿Adónde te escondiste
y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
después de haberme herido.
Salí tras ti clamando
y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
después de haberme herido.
Salí tras ti clamando
ya te habías ido.
Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas,
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras,
iré por esos montes y riberas,
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados,
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados,
formaras de repente el rostro deseado
que tengo en mis entrañas,
en mis entrañas dibujado!
Descubre tu presencia
ni que me maten tu vista y hermosura.
en mis entrañas dibujado!
Descubre tu presencia
ni que me maten tu vista y hermosura.
Mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia
la presencia y la figura
la presencia y la figura.
de amor, que no se cura
sino con la presencia
la presencia y la figura
la presencia y la figura.
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David Morán reseña el álbum en Rockdelux
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SENSACIÓN TÉRMICA UPDATE
«Los financieros nos dejaron sin gobierno», canta Kiko Veneno en otro de sus grandes momentos en Sensación térmica, una canción titulada Mala suerte. Noticia de ayer:
(vía Pepe Gálvez twitter)
sábado, 13 de abril de 2013
MITOS Y REALIDADES DE INTERNET
Un dibujo que hice hace unos meses para ilustrar un texto de opinión de David García Aristegui publicado en la revista Rockdelux. El artículo, «Ciberrealismo. Euforia digital y realismo social», puede leerse aquí
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LOS AÑOS SESENTA PARA...
Dos entrevistas de David G. Natal para Número cero que creo merece la pena leer:
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«Mi vuelta a España en 1960 fue un regreso al franquismo, pero el país había avanzado, a pesar de Franco y no gracias a él. Fue muy interesante vivir la transición. Pero la verdad es que me sentía desarraigado, porque después de diez años ya no existía el país que dejé... un fenómeno por otro lado muy natural. Me costó volver a incorporarme al mercado laboral y me cuesta todavía. Todo estaba supeditado al dinero, me había acostumbrado a pensar más en lo que hacía que en lo que valía en términos monetarios. Me aburre el capitalismo y lo inhumano del sistema».--Jan, creador de Superlópez
«Siempre leí comics durante mi infancia, pero solo en cierto momento fui consciente de que había un artista dibujando esas cosas. Vi un nombre garabateado en uno de mis cómics y estaba molesto por el hecho de que alguien lo hubiera pintarrajeado. Había tenido el cómic bastante tiempo antes de conectar el nombre garabateado con el concepto de la firma de un artista. No me acuerdo de qué comic se trataba. Puede que fuera uno de los primeros de Rawhide Kid con la firma de Jack Kirby. Me encantaban los westerns».--Eddie Campbell, autor de Alec, Mi libro sobre el dinero o Baco
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jueves, 11 de abril de 2013
EL VECINO en papertoy
Si quieres tener tu propio muñeco, descárgate los jpgs, recorta y pega. Se recomienda imprimir en cartulina o papel grueso, e imprimir las dos páginas para poder pegar el anverso-reverso de las patitas y la capa (no es necesario para el resto del cuerpo), de lo contrario quedarán con el papel en blanco en el reverso. Obviamente en una impresión profesional el recortable podría ir en una sola página, impresa por detrás y por delante, pero en este caso hay que hacer coincidir las dos partes manualmente (solamente para la capa y las patitas, insisto, para el resto basta montar un solo cuerpo y una sola cabeza; la cabeza montada se pega directamente sobre el cuerpo).
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martes, 9 de abril de 2013
SALVO GRANDES EXCEPCIONES
«Si la música es arte y el arte es fuente de realización personal y social, ¿por qué malviven los músicos? ¿Por qué tienen que hacer otras cosas para sobrevivir? En este punto me haría falta una estadística. Pero nos movemos en un campo subjetivo dirigido por las modas y las estrecheces económicas generales. El arte no es tan bonito como lo pintan. Nunca lo ha sido. Y la música, aun con su vocación universalista, lo es menos que ninguna. Por no hablar del rock, terreno abonado de indolencia y drogadicción. Cosa de adolescentes. Músico, epítome del mero entretenimiento, individuo que se alimenta con los frutos secos que sobran en las fiestas (postre de músico). (Mal)vivir al día, salvo grandes excepciones para lo bueno (Bob Dylan) y para lo malo (Lady Gagá), es lo habitual».José Manual Caturla, en el número de este mes de Rockdelux. A propósito de Vini Reilly (The Durutti Column), que a sus 59 años ha tenido que acudir a una colecta de fans para sacar dinero.
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The Durutti Column sonaban en el cortometraje Birdboy (2010, dirigido por Pedro Rivero y Alberto Vázquez, basado en la novela gráfica Psiconautas, de Alberto Vázquez)
martes, 2 de abril de 2013
TERROR SAGRADO
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 también marcaron una radicalización ideológica de Miller respecto a sus posiciones previas de escepticismo o abierta crítica al patriotismo estadounidense. En 2006, el propio artista admitía expresamente el giro en la radio pública de su país, citando a Benjamin Franklin y la bandera nacional. Miller declaraba que, tras el 11-S,
Por primera vez en mi vida, sé cómo uno se siente al
afrontar una amenaza para la existencia. Quieren vernos muertos. De repente me
he dado cuenta de qué hablaban mis padres todos estos años.
Ahora ya no creo que el patriotismo sea un invento
anticuado y sentimental. Es autoconservación. Creo que el patriotismo es
esencial para la supervivencia de una nación[1].
Su Holy
Terror (2011) es el fruto de ese giro
patriótico, visible ya desde la misma
cubierta del cómic, que cita el puñetazo que dio el Capitán América a Hitler en
su primera portada de 1941, un enemigo trocado aquí en terrorista islámico[2].
En el interior, lo quiera Miller o no, la historia tiende a
tomar la parte por el todo, Al Qaeda por la cultura árabe, a la que el autor
identifica desde el marco mental de «choque de civilizaciones» como la nueva
gran amenaza para la democracia occidental después del fascismo de la Segunda Guerra
Mundial. El superhéroe protagonista de Holy Terror, The Fixer —personaje que toma el nombre remoto de
un detective privado que dibujó Miller con quince años en el periódico de su
instituto—, es un evidente análogo de Batman del que apenas se han borrado las
huellas delatoras. Con la gran diferencia de que, como indica Reynolds, contar
una historia con Batman de protagonista es completamente diferente de hacerlo
con un personaje nuevo[3].
Sin la carga legendaria que tiene Batman detrás después de siete décadas de
aventuras en el cómic, el cine y la televisión, The Fixer es una cifra del que
nada sabemos, amén de un sádico que se recrea en su venganza sangrienta contra
los terroristas islámicos que han atacado previamente su ciudad. Resulta
significativo que Miller conciba su cómic como propaganda deliberada para
despertar conciencias occidentales –la obra está dedicada al cineasta holandés
Theo Van Gogh, asesinado por islamistas– y combatir sin paños calientes la «amenaza
islámica», no ya porque como propaganda Holy Terror es ineficaz sino porque, además, llega muy tarde.
Concebida en la primera mitad de la década pasada bajo la inercia del 11-S, el
retraso del autor en terminarla –ocupado en el cine y otras tareas– le ha
llevado a publicarla en un momento, 2011, en que el terrorismo islámico ha
dejado de ser una preocupación prioritaria en el mundo occidental, reconcentrado ahora en
las miserias domésticas derivadas del crack financiero de 2008.
Dejando a un
lado ahora la cuestiones de calidad
artística de la obra, Holy Terror tiene
serios problemas para tratar con los temas que aborda. La abstracción alcanzada
por Miller después de una década de cómics como Sin City y 300,
alegorías morales de intenso tratamiento mítico alejado de todo realismo,
parece en principio inoperante para manejar conflictos de la realidad
contemporánea tan complejos como los aludidos en Holy Terror. Terry Eagleton ha dedicado un conocido libro a
trazar una genealogía del terrorismo desde la antigüedad a nuestros días –que
por cierto se titula exactamente igual que el cómic de Miller, aunque Eagleton sí
llegara a tiempo al publicarlo en 2005–, en
el que el crítico cultural analiza el terrorismo suicida y la mentalidad «sin límites» de la cultura
estadounidense. También nos recuerda que, hace siglos, aquello por lo que un
gran número de personas occidentales estaban dispuestas a morir era la religión
–cosa que obviamente aún sucede hoy en otras regiones del planeta–, pero desde
la modernidad el motivo para dar la vida fue cambiado en Occidente por la
nación. «El nacionalismo representa una impronta indeleble de
trascendencia en un mundo secular», escribe Eagleton[4].
Como Dios, la nación es inmortal, indivisible e invisible, y sin embargo puede
merecer nuestro amor y constituir el fundamento del individuo y de su
comunidad; como Dios, su existencia
también es cuestión de fe colectiva. Si la nación es uno de los sustitutos de
Dios en el Occidente laico, Miller está oponiendo en Holy Terror su propia religión a la de los terroristas contra los que
clama. En su reacción inmediata al 11-S, cuando el artista participó en un
libro colectivo sobre los atentados, estuvo bastante más lúcido: dos
sencillas páginas simbólicas donde dibujó una estrella de la bandera
estadounidense y una cruz en sendas viñetas. El sucinto texto, una especie de haiku escrito desde su
posición atea, decía: «Estoy harto
de banderas. Estoy
harto de Dios. He
visto el poder de la fe»[5],
y el dibujo mostraba entonces una silueta de los restos del World Trade
Center. El dibujante también
criticó en 2003 el fundamentalismo religioso del presidente G. W. Bush, simétrico
del islamista, por afirmar ante la ciudadanía que Dios estaba de su
lado en la cruzada contra el terror. «Eso
es pensamiento medieval»[6],
sentenció Miller. A ese fundamentalismo religioso, sin embargo, el autor ha opuesto unos años
después un fundamentalismo nacionalista, el mismo que ha conformado Holy Terror.
El verdadero
problema de este cómic para lidiar con el tema que pretende abarcar, sin
embargo, tiene que ver con su falta de ironía. La ironía que había en obras
previas de Miller –la saga Dark Knight y
otras– le había permitido enlazar sus universos míticos y alegóricos con la
realidad contemporánea a la que aludían. Cuanto más paródico o satírico era
Miller, en mejores condiciones se encontraba para abordar el mito con una
mirada adecuada a nuestra época descreída. A la vez, su personal tratamiento
satírico le permitía destilar «verdades esenciales» sobre temas políticos
serios a pesar de tratarlos desde universos de fantasía (su sátira sobre la América
de Reagan en el primer Dark Knight,
el simulacro mediático del debate democrático a comienzos del siglo XXI en DK2, etc.). Stanley Kubrick contó en su día una paradoja
muy elocuente que se dio en la concepción de ¿Teléfono rojo? Volamos
hacia Moscú (1964). Según el cineasta, su
decisión de convertirla en una comedia negra y grotesca, frente al thriller serio que iba a ser en un principio, había logrado
que su película fuese más realista que otras de la época que también tocaron el
tema de la guerra nuclear pero lo hicieron con un tratamiento estrictamente
dramático, La hora final (1959) y
Punto Límite (1964). Películas
que «en su intento de ser serias, excluyeron detalles triviales y
comportamientos que habrían parecido incongruentes en una situación en la que
el fin del mundo fuera inminente»[7].
Como en ese Kubrick, la ironía era la clave que facilitaba a Miller tratar
temas políticos contemporáneos y dar una dimensión plural a sus obras,
provocadora pero ambivalente, abierta a múltiples lecturas según el perfil
cultural e ideológico de cada lector. Sin esa ironía, el paisaje mítico de Holy
Terror, que está hecha muy en serio, ha
perdido todo contacto con la realidad de la que pretendía hablar para
convertirse en un vehículo dogmático que solo puede predicar a los conversos.
La obra parece tratada con el objetivismo implacable de un Steve Ditko –el
cocreador de Spiderman junto a Stan Lee, recordemos–, historietista que ha
dedicado las dos últimas décadas a producir cómics panfletarios sobre su
ideario, profundamente deudor de las tesis de Ayn Rand (una de las madres ideológicas del
cordero si hablamos del reciente neoliberalismo y la cleptocracia capitalista).
En este sentido puede decirse que Holy Terror es un trabajo antagónico a toda la carrera previa de
Miller: una obra cerrada,
unívoca, en la que no cabe más lectura que la propaganda que pretende
transmitir.
Como
propaganda, sin embargo, Holy Terror es tan burda y maniquea que
resulta francamente difícil de endosar al resabiado público actual; de hecho, la
obra ha pasado bastante desapercibida y tampoco ha provocado el «escándalo» que
probablemente Miller esperaba. Ya no vivimos en los tiempos de Boinas verdes (1968),
de John Wayne, que a su modo también llegó tarde para la
sensibilidad de su época. Hoy la propaganda eficaz en asuntos tan espinosos
como la guerra sucia contra el terror (sagrado) se encuentra en películas como Zero
Dark Thirty: La noche más oscura (2012), de Kathryn Bigelow, que se presenta como un seudocumental sobre la caza de Bin Laden. Frente a la fantasía
mítica de Holy Terror, el filme de Bigelow abunda en detalles
naturalistas y «verosímiles» para reconstruir aparentemente los hechos reales
con «imparcialidad» y «frialdad», incluyendo las torturas inflingidas por
agentes de la CIA a los presos islamistas para obtener pistas que les
permitieran llegar a la cúpula de Al Qaeda. La realidad es que el guión se ha
escrito a partir de la información confidencial que diversos testigos de la CIA
han proporcionado, de manera sesgada e interesada a juzgar por el resultado: la
estructura del filme parece construida para justificar la actuación de la
propia agencia estadounidense, en particular su empleo de la tortura. En el
cómic de Miller ese mismo tema se aborda de una manera tan grosera y sádica que
solo puede despertar rechazo, salvo en lectores tan radicales como el autor. En
la película de Bigelow, todo se dispone para persuadir con disimulo al
espectador occidental de que las torturas fueron estrictamente necesarias para
alcanzar el «éxito» en la cacería final del (supuesto) Bin Laden; una operación
militar secreta –y por supuesto ilegal– en territorio pakistaní que fue
bautizada muy significativamente «Gerónimo», revelando que el viejo mito
estadounidense de la frontera a colonizar sigue plenamente vigente: los indios
son ahora los terroristas islamistas. No deja de ser delirante por otra parte,
casi un chiste sacado de una viñeta paródica de los buenos tiempos de Miller,
que las imágenes de la operación que Obama y su gabinete contemplaban en
directo durante la caza del presunto Bin Laden en mayo
de 2011, ocultadas por completo al público –lo único que pudimos ver entonces,
significativamente también, fue el rostro de los políticos que las miraban–, se
nos «muestren» ahora en una película de Hollywood. El
simulacro de Bigelow resulta de este modo muchísimo más sutil y por tanto
más eficaz hoy día, y la prueba del algodón la tenemos en las críticas que han
aplaudido el filme afirmando cosas como que el guión es «permanentemente
creíble» y que no hay «sombra de maniqueísmo ni manipulación»[8]
en él. Nadie podría decir algo parecido de Holy Terror, aunque Zero
Dark Thirty sea en el fondo tan irreal como el cómic de Miller.
La mitificación del filme es «transparente», un troyano que se instala
inadvertidamente en la mente del usuario.
[1] Frank Miller, «That Old Piece of Cloth», This I
Believe, en NPR.org, 11 de septiembre de 2006, en
http://www.npr.org/templates/story/story.php?storyId=5784518.
[2] Lo explica Santiago García en su artículo sobre Holy
Terror, «Más líbranos del mal», 3 de
octubre de 2011, Mandorla, en http://santiagogarciablog.blogspot.com.es/2011/10/mas-libranos-del-mal.html.
[3] Richard Reynolds, Super Heroes. A Modern Mythology, cit., p. 103.
[4] Terry Eagleton, Terror santo, traducción de Ricardo García Pérez, Barcelona,
Debate, 2008 [2005], p. 113.
[5] En el libro colectivo 9-11: Artists Respond. Vol.
One, Milwaukie, Dark Horse, 2002, pp.
64-65. El texto citado procede de las dos páginas de Miller.
[6] Miller, en Gary Groth, «Interview Six», en Milo George (ed.), cit., p. 114.
[7] Bill Krohn citando a Kubrick en Stanley Kubrick, traducción de Natalia Ruiz Martínez y Rosa Solà,
París, Cahiers du cinéma Sarl, 2010 [2007], p. 43.
[8] Carlos Boyero, «Pasen, escuchen y vean», El País, 4 de enero de 2013, en http://cultura.elpais.com/cultura/2013/01/03/actualidad/1357244254_029340.html.
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El texto anterior es un extracto del capítulo que he escrito para la antología de ensayos Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea. Mi ensayo se titula «Dioses y patria. Viñetas políticas en el cómic norteamericano contemporáneo», y en él hablo de política, superhéroes y nacionalismo, previo repaso histórico a los antecedentes de esa temática en el comic book anterior a la explosión de los superhéroes «adultos» de los años ochenta. Como el título indica, me centro en el cómic más reciente, particularmente desde los ochenta hasta 2012, pero quien me conozca ya sabe que nunca hago ascos a una introducción histórica para contextualizar el tema e insertarlo en su correspondiente tradición. Porque Watchmen y The Dark Knight Returns no inventaron al «superhéroe político»; al contrario, ya lo era el modelo original de todos los justicieros disfrazados: el Superman primigenio de 1938 no se dedicaba precisamente a zurrarle a supervillanos de fantasía sino a políticos corruptos y empresarios que se comportaban como gánsteres, un eco de los años amargos de la Gran Depresión. O eso hacía hasta que los editores de National (hoy DC) se dieron cuenta del bombazo comercial que tenían entre manos y decidieron otra cosa, empujando a Jerry Siegel y Joe Shuster a llevar a su Hombre de Acero por derroteros bastante más inofensivos y conservadores del statu quo. La industria cultural y sus productos «populares», es lo que tiene. El extracto que he copiado arriba corresponde al epígrafe titulado «Terror sagrado». En mi ensayo me explayo en general con algunos de los temas que me sugirió Santiago García, el coordinador de Supercómic, precisamente porque conoce bien mis intereses: a saber, ideología y política en el cómic, y en particular el de superhéroes. Y, tirando de ese hilo, fundamentos míticos, filosóficos y legales de los Estados occidentales, mitologías modernas y propaganda mediática. En fin, como ya dije en un post anterior, ha sido un placer y un orgullo colaborar en este libro.
Supercómic lo tenéis ya en librerías y, espero, pronto en bibliotecas. Una antología sobre cómic contemporáneo repleta de textos bastante variados, al menos a mi juicio –ayer me leí precisamente el espléndido ensayo de Daniel Ausente, «La memoria gráfica y las sombras del pasado», que empieza con las «bombas» del tebeo español en Bruguera y acaba con la novela gráfica de los últimos años en España, sin olvidarse de algunos de los «padres» de esta última que hubo en medio de esa transición(Carlos Giménez, Hernández Cava, Boldú). Y anteayer, el de Eloy Fernández Porta, tan perspicaz e irónico como suele, sobre «nueva carne mesetaria».
Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea (2013), coordinado por Santiago García y editado por Errata Naturae, cuenta con textos de Daniel Ausente, David M. Ball, Eddie Campbell, Fernando Castro Flórez, Jordi Costa, Eloy Fernández Porta, Ana Merino, Raúl Minchinela y Óscar Palmer, más una historieta de Max & Mireia Pérez, y una entrevista a Emmanuel Guibert realizada por Alberto García Marcos.
Más información sobre Supercómic, incluyendo el índice completo, en el blog de Santiago. Un avance con la introducción de Santiago, aquí, y el comienzo del ensayo de Óscar Palmer sobre cómic de género negro norteamericano reciente, en su blog Cultura Impopular. Para terminar, enlace a la ficha editorial de Errata Naturae, aquí.
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